a woman sitting at a table with a potted plant on top of it

El amor

a woman sitting at a table with a potted plant on top of it

El amor no se puede explicar del todo, y quizás eso es parte de su naturaleza.

Cada vez que intentamos poner en palabras qué es el amor, algo se nos escapa. No es una falla nuestra, ni una limitación del vocabulario. Es algo más profundo: el amor toca un lugar que el lenguaje no puede capturar completamente. Podemos rodearlo con palabras, describirlo por los lados, contar lo que sentimos cuando aparece, pero decir exactamente qué es resulta imposible. Y quizás esa imposibilidad no sea un problema, sino una pista. El amor vive justo ahí donde las palabras se quedan cortas.

El amor no es complementariedad perfecta. Siempre hay una distancia, una zona de opacidad entre las personas que se aman. El otro es un misterio, y ese misterio no desaparece con el tiempo. Lo que sí pasa muchas veces es que intentamos resolver ese misterio: creyendo que si ocupamos el lugar correcto, si somos suficientemente buenos, suficientemente interesantes, suficientemente todo, entonces seremos amados. Y ahí empieza el sufrimiento.

Nos preguntamos, muchas veces sin saberlo: ¿qué tengo que ser para que me amen?

Es una pregunta que opera por debajo de muchas de nuestras relaciones. Nos moldeamos, nos achicamos, nos esforzamos, todo para garantizar un amor que, por su propia naturaleza, no puede garantizarse. El amor del otro siempre es un poco enigmático, siempre dice más y menos de lo que creemos. Y cuando lo buscamos a través de un personaje que creemos que debemos sostener, el sufrimiento no tarda en aparecer.

Cuando dejamos de exigirle al otro que nos complete, cuando dejamos de pretender que el amor es una transacción donde cada uno aporta lo que al otro le falta, algo se libera. El vínculo se convierte en una elección. Una elección que se renueva, que no está garantizada. Y esa fragilidad, lejos de hacerlo menos valioso, es exactamente lo que lo hace real.