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La ética de no dar consejos

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En algunas terapias se brindan consejos como parte del tratamiento. Incluso, la psicología ha estado asociada a espacios donde se le dice a la persona qué hacer, cómo actuar o qué decisión tomar frente a un problema. Esa es una manera posible de trabajar, pero no es la forma en la que trabajo.

Dar un consejo puede producir, en algunos casos, un alivio rápido: la persona se siente orientada. Por ejemplo, alguien que atraviesa un conflicto de pareja puede escuchar: “poné límites”, “salí de esa relación”. Ese tipo de intervenciones no se preguntan por la posición subjetiva de la persona.

Desde el psicoanálisis, en cambio, el interés no está puesto en indicar qué hacer, sino en que quien consulta pueda preguntarse por el lugar que ocupa en aquello que le hace sufrir. No se trata de juzgar, educar o señalar lo que está bien o mal.

El consejo pertenece a una lógica educativa o normativa: alguien que sabe le dice a otro cómo debería comportarse. La intervención psicoanalítica opera de otro modo: se escucha, se lee lo que se dice, presta atención a repeticiones, silencios, contradicciones, preguntas, e interviene preguntando, señalando e interpretando. Es decir, no trabaja directamente sobre la conducta, sino sobre el modo en que la persona vive su realidad.

Es comprensible que, en momentos de angustia, aparezca la urgencia de un alivio inmediato: “decime qué hacer”. Mi enfoque busca acompañar un proceso en el que la persona pueda pensar su propia posición para que eso que sucede realmente cambie.

La dirección de la cura es siempre intervenir sobre el malestar subjetivo y que este pueda reducirse. La diferencia es que ese alivio no se impone desde afuera, sino que se construye con análisis.