La experiencia del deseo
En la vida cotidiana solemos usar la palabra deseo como sinónimo de intención: deseo viajar, deseo estar con alguien, deseo cambiar de trabajo. En esa lógica, el deseo parece algo que empieza cuando quiero algo y termina cuando lo obtengo. En este texto te comparto otra forma de entender el deseo.
Pensemos en ese momento previo a encontrarnos con alguien que nos gusta. Durante el día aparecen las “mariposas en la panza”, una sensación de entusiasmo, una especie de electricidad suave que recorre el cuerpo. Todo parece tener otro color: el trabajo pesa menos, el tiempo pasa distinto, incluso las pequeñas cosas parecen más interesantes. Ese estado es el deseo. Todavía no pasó nada concreto; el encuentro ni siquiera ocurrió. Y sin embargo, ya estamos viviendo algo.
Después puede pasar cualquier cosa. El encuentro puede ser maravilloso o puede salir mal. Puede confirmar nuestras expectativas o desarmarlas por completo. Pero hay algo que nadie puede borrar: ese día vivido con ilusión. El deseo nos muestra que hay una parte de la experiencia que no depende del desenlace. El simple hecho de desear ya transforma nuestra manera de estar en el mundo.
Ahora, conviene diferenciar deseo de “querer cosas”. Querer puede ser una decisión consciente: quiero que me llamen, quiero que me asciendan, quiero que alguien me mire. El deseo, en cambio, no siempre coincide exactamente con lo que decimos querer. Muchas veces está organizado por historias internas, por escenas que se repiten sin que lo notemos.
Tomemos un ejemplo muy simple. Un chico dice: “quiero que la chica que me gusta me mire”. Parece directo. Pero cuando lo pensamos mejor, lo que realmente lo mueve es esta escena: ella está mirando a otro chico, y él quiere que deje de mirarlo y lo elija a él. Ya no es solo querer gustarle a alguien; es querer ocupar el lugar del otro. En esa escena aparece comparación y competencia. Esto puede volverse sufriente si la única manera de desear es a través de esa competencia.
En esos casos decimos que el deseo está trabado o entorpecido. No porque no exista, sino porque queda fijado a una escena que se repite siempre igual. La persona no solo quiere ser mirada; necesita que haya otra a la que desplazar. Si no hay competencia, el deseo pierde fuerza. Ahí el deseo no desaparece, pero queda atrapado en una historia que limita su movimiento.
Cuando el deseo circula de una manera menos rígida, la escena cambia un poco. El chico puede decir: “me gusta esa chica y me gustaría que me mire”. Puede sentir nervios, ilusión o incluso miedo al rechazo, pero no necesita que haya un "rival" para sostener su interés.
El deseo, entonces, no es simplemente conseguir lo que uno quiere ni es pura emoción pasajera. Es esa orientación hacia lo que falta, esa tensión que nos pone en movimiento. A veces queda enredado en historias que nos hacen sufrir; otras veces puede desplegarse con mayor flexibilidad.
El deseo libre no se agota cuando conseguimos algo ni cuando estamos con alguien, porque no tiene que ver con alcanzar logros. Un objeto puede darnos satisfacción, una relación puede hacernos felices, un proyecto puede cumplirse; pero después de eso, el deseo no desaparece. Sigue ahí, orientándonos hacia nuevas búsquedas, nuevas preguntas, nuevos movimientos. El deseo no es el premio al final del camino, sino lo que nos permite seguir caminando.